Y la prueba más evidente eres tú, aquí, en este momento.
Piénsalo un instante. Tu corazón lleva latiendo desde antes de que nacieras. Tus células se renuevan sin que les des instrucciones. Tu sistema inmune identifica amenazas, reacciona y aprende, todo sin que tú tengas que recordárselo cada mañana. No lo haces tú, al menos no con la parte de ti que piensa y planifica y se preocupa. Lo hace algo más profundo, algo que opera desde un nivel que escapa a la mente ordinaria.
¿Cómo lo llamamos? Cada tradición tiene su palabra. Los grandes fisiólogos del siglo XIX hablaban de la vis medicatrix naturae, la fuerza curativa de la naturaleza. Los maestros del Tao hablaban de algo que fluye y que nunca puede nombrarse del todo. Los místicos cristianos hablaban del Espíritu que anima la materia. Andrew Taylor Still, el padre de la osteopatía, decía que Dios mismo habita en los tejidos. William Garner Sutherland, el pionero de la terapia craneosacral, la llamó el Aliento de la Vida.
Los nombres cambian. La realidad a la que apuntan es siempre la misma.
Existe una fuerza en el universo capaz de crear vida y, además, de mantenerla en el mejor estado posible. La prueba de ello eres tú, que estás vivo, aquí, ahora mismo.
No es un concepto. Es algo que puedes sentir.
Esta fuerza no es una abstracción filosófica reservada a los que estudian terapia o meditan en retiros. Está en ti en este preciso instante. Se expresa en el ritmo sutil de tu respiración cuando te quedas quieto, en la pulsación profunda que atraviesa tus tejidos, en esa sensación —que todos hemos tenido alguna vez— de que hay algo dentro de nosotros que sabe perfectamente qué necesita, aunque nuestra mente esté confusa.
El problema no es que esa fuerza se haya ido. El problema es que, en general, hemos perdido la capacidad de escucharla. La vida moderna ha convertido la aceleración en virtud y el silencio en sospecha. Vivimos hacia afuera, gestionando estímulos, respondiendo urgencias, optimizando resultados. Y mientras tanto, esa inteligencia interior espera. Paciente. Siempre presente.
Aquí es donde entra la terapia biodinámica craneosacral.

Mi trabajo no consiste en arreglarte ni en decirte lo que le pasa a tu cuerpo. Tampoco en aplicar técnicas sobre una estructura que entiendo mejor que tú. Mi trabajo es mucho más sencillo —y mucho más exigente— que eso: facilitar la libre expresión de esa fuerza en tu corporalidad.
Lo que hacemos juntos es ayudarte a restablecer la conexión con esa inteligencia que ya vive en ti. A través del incremento de la conciencia. A través del aquietamiento interior. Cuando el sistema nervioso encuentra suficiente seguridad y suficiente quietud, la fuerza que mantiene la vida hace lo que sabe hacer desde siempre: organizar, reequilibrar, sanar.
No es magia. Es biología profunda. Es física. Es algo que los grandes investigadores de la medicina han intuido en todas las épocas, aunque el lenguaje de cada uno suene diferente.
En la quietud es donde uno puede resonar íntimamente con esta fuerza. Permitirle que actúe en la corporalidad.
Pero esto no es solo para terapeutas ni para pacientes.
He pasado más de treinta y cinco años trabajando con este principio. Y lo que he aprendido es que no le pertenece a ninguna disciplina. No es propiedad de la terapia craneosacral, ni del Aikido, ni de ninguna escuela espiritual concreta. Es un principio universal que diversas tradiciones y ciencias han ido rozando, describiendo desde sus propios ángulos, nombrando con sus propias palabras.
Cualquier ser humano puede trabajar con él. De hecho, en algún nivel, ya lo hace. Cada vez que te permites un momento de verdadera quietud. Cada vez que respiras profundo y sientes que algo se asienta. Cada vez que caminas por la naturaleza y notas que el ruido interno disminuye. En esos momentos estás resonando con esa fuerza, aunque no la llames por ningún nombre.
Lo único que se necesita es entender ese principio, hacerse consciente de él, y procurar alejarse de lo que impide esa resonancia. Y lo que más la impide, en la mayoría de las personas que conozco, es la ignorancia de que existe y la aceleración constante que no deja espacio para sentirla.
En la medida que resonamos con ella, recuperamos salud y armonía.
No hablo de salud solo como ausencia de enfermedad. Hablo de esa sensación de habitar el propio cuerpo desde dentro, de moverse por la vida con una cierta fluidez, de tomar decisiones desde un lugar que se siente verdadero. Eso es salud en su sentido más amplio. Y eso es lo que esta fuerza, cuando se expresa libremente, tiende a producir.
La terapia biodinámica craneosacral es la forma en que yo, desde mi formación y mi experiencia, trato de comprender y sintonizarme con ese principio para compartirlo. Pero el principio en sí mismo es anterior a cualquier terapia. Es anterior, probablemente, a cualquier forma de conocimiento humano. Es lo que estaba aquí antes de que llegáramos y lo que seguirá cuando nos hayamos ido.
Debo ser honesto contigo. Me siento profundamente impulsado a acercarme a esta fuerza tanto como me sea posible —y al mismo tiempo soy muy consciente de mi pequeña capacidad para sintonizar con ella. Su profundidad me supera. No la comprendo del todo. Y eso significa que cuando intento compartirla, es muy probable que lo haga de forma incompleta, que mi propio matiz al experimentarla la tergiverse, que la palabra que elijo se quede corta o apunte ligeramente en otra dirección. Lo sé. Y aun así no puedo dejar de intentarlo.
Porque lo que me mueve no es la certeza de tenerlo claro, sino algo más parecido a una vocación: conectar el cielo con la tierra. Tomar lo que es profundo y hacerlo accesible sin reducirlo. Transmitir desde mi ignorancia lo que voy descubriendo por el camino, con la honestidad de quien saborea algo que lo trasciende y trata de encontrar las palabras justas para que llegue al mayor número de personas posible —sin simplificarlo hasta vaciarlo, sin complicarlo hasta alejarlo.
Eso es lo que pretendo. Elevarme todo lo que me sea posible para rozar esa fuerza, y compartir desde ahí, desde ese borde, lo que alcanzo a ver.
Tú ya llevas esa fuerza dentro. Siempre la has llevado. A veces lo único que hace falta es un poco de quietud para volverte a encontrar con ella.
Nos vemos en el sendero. · Javier de María Ortiz · El Sendero del Dragón
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